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» Cómo
trabaja el Parapsicólogo
Capitulo I
PARAPSICOLOGÍA
Y BIOLOGÍA MOLECULAR
Ya
no hay duda alguna, el el estado actual de las
investigaciones, que la percepción extrasensorial
(la extrasensorial perception del habla inglesa,
ESP) forma parte hoy del repertorio habitual del
trabajador en comportamientos y fenómenos
mentales.
Las
facultades de este tipo, denominadas globalmente
psi, han sido sometidas a reiteradas
comprobaciones en todos los laboratorios del mundo
donde estos fenómenos tienen personería, de modo
tal que como se ha dicho, ninguna duda queda de su
existencia y han sido admitidos hasta por los más
enconados negadores iniciales.
Contemporáneamente
esta admisión ha sido corroborada por
impresionantes chequeos matemáticos que
alcanzaron, incluso, a algunas manifestaciones
controversiales, como la clarividencia viajante en
estado hipnótico y las pruebas telepáticas de
Gilbert Murray.
Pero
lo más importante no es el número de tales
demostraciones, sino la calidad y la exactitud de
las mismas. Precauciones inimaginables en otros
campos científicos han sido tomadas para el
control de veracidad de los fenómenos, de modo
que las reticencias del comienzo (particularmente
las de los psicólogos) han ido desmoronándose
con el paso del tiempo.
El
contacto con las matemáticas ha sido provechoso.
Tanto que el profesor E.V. Huntington, de la
Universidad de Harvard, resumiendo cuestiosnes
matemáticas relacionadas con la ESP, finalizaba
afirmando en el artículo que publicó el
"American Scholar": "Si las matemáticas
han resuelto con buen éxito la custión del azar,
¿qué tiene que decir la Psicología de la hipótesis
de la ESP?"
El
reconocimiento de las facultades psi queda
patentizado por el otorgamiento del doctorado en
en numerosas universidades inglesas a tesis que
tratan sobre la ESP. Así, para citar algunas de
tales distinciones, la conferida a S.G. Soal por
su valioso estudio de la telepatía precognitiva.
La
ciencia inglesa, en este aspecto, se muestra más
tolerante que la norteamericana respecto de la
parapsicología tanto que figuran en la English
Society gran número de eminentes científicos
británicos dedicados desde hace muchísimo tiempo
a la investigación de fenómenos que, hasta
principios de siglo, permanecían relegados al
plano de los esotérico.
La
pontencialidad psi ha tenido de esta entrada cabal
y categórica al mundo de la ciencia oficial.
Desde el punto de vista académico, las primeras
manifestaciones establecidas y estudiadas sistemáticamente
fueron las de la telepatía y la clarividencia, en
un comienzo considerados como fenómenos
dependientes de la hipnosis.
La
telepatía comportaba la posesión de poderes que
trascendían la simple mecánica cerebral y que,
en cierta forma, eran una refutación palmaria de
la teoría física de la mente que había
elaborado el materialismo determinista.
El
fenómeno telepático en sí mismo era conocido
históricamente desde la antigüedad, formando
parte de la tradición cultural del hombre; tanto
que ya hasta el mismo Demócrito suscribió en su
tiempo una teoría sobre su funcionamiento. Y ni
que decir de las llamadas ciencias o disciplinas mánticas,
órficas y adivinatorias: todas ellas tienen o
tuvieron que ver la etapa prehistórica de la
telepatía y clarividencia, mucho antes de que
estos fenómenos tuvieran carta franca en los
anales estrictamente científicos.
El
hombre de la antigüedad no sólo los conocía,
sino que los practicaba, como base o fundamento de
los innumerables ritos y religiosidades que tenían
que ver con la predicción y el contacto mental
con la divinidad.
Pero,
como se han dicho, sólo con las experiencias de
Mesmer sobre sujetos hipnotizados de telepatía
tuvo comprobación científica; y ya en 1880, con
el trabajo sobre sujetos en estado normal, quedó
demostrado que ambos fenómenos (hipnosis y
telepatía) eran totalmente independientes y que
su vinculación era simplemente circunstancial.
Al
introducirse más tarde en las experiencias el cálculo
de probabilidades, éstas empezaron a modificarse,
de igual modo que aumentó la variedad al
aumentarse el número de experimentadores. El
saldo final de todo ese proceso fue la constatación
singular de que las facultades telepáticas no
eran privativas de sujetos excepcionales, sino una
facultad ampliamente participada y difundida por
el género humano.
Lo
que aparentemente entrañaba la posesión
exclusiva de un poder por parte de personas
dotadas, no era nada más que una simple confusión,
porque el dotado era y es alguien que, sin saberlo
a veces, se entrena en la producción del fenómeno
psi.
Si
bien los fenómenos mencionados forman parte del
acervo cultural de la humanidad, y han tenido
participación sobresaliente en numerosos
episodios sobresaliente en numerosos episodios de
su historia, por su inhabitualidad y rareza
aparente fueron ignorados ciegamente por la
ciencia ortodoxa y meramente consignados en
aquellos niveles como "fenómenos psíquicos".
Solamente
el tesón y empecinamiento heroico de algunos
pocos investigadores pudo al fin imponer la verdad
de sus comprobaciones y desmoronar las
resistencias oficiales, que globalmente se oponían
a cualquier hipótesis de trabajo que sugiriese la
presencia de facultades, poderes o factores no físicos
en el hombre.
La
telepatía, obvio es decirlo, por ser de orden
extrasensorial y fuera de la dinámica del sistema
nervioso, no se ajustaba a la concepción físico
material imperante y los psicólogos se esmeraban
inútilmente en explicar de procesos psíquicos y
físicos.
No
sólo los psicólogos se habían embarcado en la
explicación dentro del marco teórico del
materialismo; también lo hicieron investigadores
de otras áreas del conocimiento. Así por citar
algunos ejemplos de estas infructuosas tentativas,
el físico William Crookes sugería - aunque
confesado no estar muy convencido - que en la
transmisión del pensamiento debían tal vez
actuar ondas cerebrales semejantes a las de radio.
Otro
físico, el alemán Wilhem Ostwald, opinaba que la
energía psíquica era sólo una forma de la energía
física. Finalmente, el neuropsiquiatra Auguste
Forel explicaba a la telepatía como la Facultad
basada en la trasmisión electrónica.
El
hecho de que ninguna de estas teorías consiguiera
explicar satisfactoriamente a la telepatía fue de
enorme importancia para la admisión final de que
las potencialidades psi extrañaban la existencia
de un campo no sujeto al marco explicativo
fisicalista. Y de que las formas extrasensoriales
de percepción Constituían un nuevo aporte al
conocimiento total del hombre.
La
clarividencia (percepción de objetos o sucesos
objetivos sin utilización de los sentidos clásicos)
complicó todavía más el panorama y la
controversión, especialmente al demostrarse que
también era independiente de la hipnosis que podía
tener existencia en sujetos en estado de vigilia,
tal como lo patentizaron los experimentos de Naum
Kotik en Rusia, Rudolf TIschner en Alemania,
Ioa Jephson en Inglaterra y Upton Sinclair en los
Estados Unidos.
De
allí en adelante, no solamente en la Universidad
de Duke, sino en las de Colorado, Nueva York y
Bonn, y en el Eard College de Inglaterra, los
experimentos confirmaron la realidad de la
clarividencia, abatiéndose así a los escasos
focos de oposición que ambos fenómenos, la
telepatía y la clarividencia, habían suscitado
al entrar en la mira de los científicos.
Lejos
ya de las ciencias adivinatorias, y hasta del
espiritismo, los fenómenos psi, espontáneos o
voluntarios, han permitido elevar a la disciplina
que los estudia, la parapsicología, a una categoría
jerárquica, dentro del panorama de la ciencia,
que hasta no hace mucho tiempo era impensable
adjudicarle sin encontrar acérrimas resistencias.
La parapsicología está hoy coherentemente
integrada al campo de las disciplinas que tienen
que ver con el conocimiento total del hombre.
Ni
la telepatía ni la clarividencia parecen estar
sujetas a relaciones espacio-temporales. Los fenómenos
parapsicológicos en general, sean experimentales
o espontáneos, se han manifestado con
independencia respecto de la distancia por lo
menos. La transmisión mental entro dos sujetos es
igualmente posible si están en habitaciones
vecinas como si están separados por enormes
distancias. En este último caso, pareciera que
las circunstancias de infortunio, desastre o
conmoción violenta potenciaran la capacidad
trasmisora; así, por ejemplo, son numerosos los
casos de experiencias parapsíquicas en las que
esposas, madres o novias de soldados en guerra
experimentaron vívidas impresiones de que estos
se lesionaban o morían en el mismo momento en que
ello acaecía, a miles de kilómetros de
distancia.
Pero
la más extraña y perturbadora de las
experiencias parapsíquicas es la que se conoce
con el nombre de profecía. De igual manera que la
clarividencia y la telepatía, la facultad de
profetizar acontecimientos futuros ha sido, desde
los inicios de la humanidad, una práctica
aparentemente sobrenatural en todas las
civilizaciones en las que fuera evidenciada y, aún
hoy, mantiene ese carácter milagroso que le ha
deparado, entre otras cosas ser resistida por la
ciencia oficial. Marginada hacia los límites de
la superstición y la mentira, no hay manera de
convencer a los científicos ortodoxos de la
evidencia de la precognición, por cuanto el marco
fisicalista en que aquellos se mueven les impide
aceptar que el acto de percepción, que es el
resultado, precede a su causa.
Pero
lo realmente cierto es que, cuando la evidencia de
un fenómeno se torna lo suficientemente clara
como para que ya no existan dudas de su
existencia, lo que debe hacerse es ampliar o
cambiar el marco referente para posibilitar la
entrada del nuevo fenómeno en el sistema
universal de los conocimientos, y no -como ha
sucedido hasta ahora- negar sistemáticamente y
sin prueba contraria lo que es evidente.
La
comprobación experimental de la precognición ha
sido uno de los logros afortunados de la
investigación parapsicológica. Esas
verificaciones son recientes, pese a que -como se
dijo- esta facultad fue practicada en todas las épocas
y en todas las partes del mundo donde la religión
tuvo una posición social dominante. Sin embargo,
no todos los casos de precognición tuvieron o
tienen vinculaciones con la religión, y se
cuentan decenas de casos espontáneos ocurridos a
personas que nada tienen que ver con lo religioso.
La
primera prueba experimental (en la cual el sujeto
debía predecir el orden en que quedarían los
naipes de un mazo después de barajado un número
determinado de veces durante un tiempo prefijado)
dio sorprendentemente un resultado muy superior a
la mera probabilidad, y más aun cuando se
sustituyó el barajado manual por el mecánico.
Estas
comprobaciones, practicadas en la Universidad de
Duke, recibieron corroboración todavía más sólida,
en Inglaterra, y utilizando una máquina electrónica
automática que eliminaba cualquier intervención
del sujeto y del experimentador, Tyrrell alcanzó
resultados tan impresionantes que, incluso abrió
la cuestión de si la mente de alguno de los dos
no estaba ejerciendo alguna suerte de acción
psicoquinésica sobre los naipes.
La
hipótesis de este fenómeno fue consecuencia casi
obligada de los trabajos sobre la ESP, aunque
-obvio es decirlo- la psicoquenesia solamente es
un nombre nuevo para un concepto muy difundido
desde la antigüedad. Y acciones psicoquinésicas
se producen, aun descartando todo el historial
anterior, cada vez que una persona piensa y obra.
El
fenómeno tan concreto que ha entrado ya en el
campo de la misma medicina, precisamente en el ámbito
de la nueva concepción psicosomática de esta
disciplina, cuando admite que los efectos orgánicos
son atribuibles al estado mental del paciente, y
que entre el soma y la mente hay una interacción
ponderable. Abundan hoy en día los médicos que
aplican los métodos psicosomáticos para hacer
desaparecer afecciones cutáneas y
gastrointestinales consideradas indubitablemente
de origen mental; se habla, en estos casos, de
acción psicógena o psicogénica sobre el
organismo material.
No
existía comprobación experimental del fenómeno
hasta antes de 1934, fecha en la que se comenzó a
exponérselo en los anales de la parapsicología,
al abordarse el estudio fenoménico de la
mediumnidad. Desde entonces hasta la actualidad,
no han cesado los registros de casos espontáneos
y voluntarios de psicoquinesia, fenómeno al
parecer estrechamente vinculado a la ESP; tanto
que no faltan intensos de síntesis, rediciendo a
esos fenómenos a un proceso único que sería la
base de ambas manifestaciones. Es decir: cuando la
interacción mente y materia proporciona un
conocimiento extrasensorial, la denominamos ESP;
cuando produce una modificación extramotriz en el
medio ambiente, llamamos a la interacción PK o
psicoquinesia. Thouless y Wiesner han sugerido que
el proceso parapsicológico básico (integrado por
ESP y PK) fuera designado con la letra griega psi;
de este modo, cuando hablamos del proceso psi, de
los fenómenos psi, se entenderá como tal
conjunto del proceso de percepción extrasensorial
y sicoquinesia.
La
problemática fundamental de la parapsicología es
hoy encontrar el sitio que, en el esquema de la
personalidad humana, ocupa psi. Pero esa problemática
debería ser también la de la psicología, que
obligadamente debe trabajar para introducir la
fenomenología psi dentro del sistema epistemológico.
Más
que nunca la parapsicología es hoy la vanguardia
de la psicología, así como ésta fue, hasta
principios de siglo, una simple rama, la más
avanzada y resistida, de la fisiología humana.
Cuando
el hipnotismo dejó de ser una manifestación
anormal, paranormal o extranormal, para ser
explicado psicológicamente como un aspecto del
fenómeno más amplio de la sugestión,
desaparecieron del mismo las alusiones y
concomitancias heréticas o excepcionales, y el
hipnotismo terminó siendo considerado un fenómeno
natural, que nada tiene que ver con enfermedades
mentales o con estados límites de desorden
afectivo. De este modo, enormes trozos de una
realidad tenida como supranormal fueron acomodándose
al esquema general de los acontecimientos y
entraron a formar parte de los atributos normales
de la personalidad. Desde este punto de vista, los
fenómenos psi integran hoy la panoplia de la
naturaleza humana; el esfuerzo de la ciencia debe
estar encaminado a formular esa inserción, sin
exclusiones ni sectarismos incompatibles con el
propósito final de la ciencia, que es el de
ofrecer una visión objetiva y desprejuiciada, lo
más completa posible, de la complejidad de la
criatura humana.
Ni
por un momento se piense que problemas de este carácter
se presentan sólo en el ámbito de los
comportamientos y fenómenos mentales. Porque
parecidas o semejantes preocupaciones y dilemas
existen hoy dentro mismo de disciplinas que se
manejan con lo concreto. Así, para no citar nada
más que solo un ejemplo, traigamos a colación lo
que esta sucediendo en el campo de la biología
molecular.
Jacques
Benveniste, de la unidad 200 del INSERM (Institut
National de la Santé et de la Recherche Médicale),
con sede en Francia, trabajando con su equipo
sobre la degranulación de basófilas humanas
provocadas por antisuero contra el Ig E
extremadamente diluido, halló en junio de este año,
1988, que una solución acuosa de un anticuerpo
conserva su capacidad de producir una respuesta
biológica aún cuando la dilución llega a tal
extremo que no existe probabilidad alguna de que
una molécula de anticuerpo exista en la muestra.
Es decir que no existe ninguna base física para
tal actividad. Para explicarlo más sencillamente:
las células basófilas liberan histamina en el
proceso de degranulación; pero lo impactante e
increíble de los resultados obtenidos es que se
consigue degranulación con diluciones que
llegaron a la 1-120 (la unidad seguida de 120
ceros), un nivel de dilución tan grande que
implica la inexistencia física de la molécula
del anticuerpo; no obstante lo cual, como se ha
dicho, ¡el anticuerpo ejerce acción biológica!
"No
existe explicación objetiva de este fenómeno"
- comentan sus investigadores-, ni es
satisfactoria la explicación de que las moléculas
del anticuerpo, una vez en el agua, dejan marcas
fantasmales en la estructura molecular del agua
(una especia de impronta electromagnética),
designadas sugestivamente como
"memorias" y "metamoléculas",
palabras que nos transportan inmediatamente a lo
que, hace ya tiempo, sucedía en el campo de la
psicología con los mal llamados fenómenos
metanormales o paranormales. Y que, de modo
manifiesto, nos demuestran que el marco
fisicalista, aún en ciencias que tienen que ver
con lo concreto, está necesitando de una ampliación
imprescindible para dar cabida a manifestaciones
extrafísicas.
Algunos
párrafos atrás aludíamos al enfoque psicosomático
de una parte de la medicina actual. Es posible que
en ninguna otra porción de la ciencia aparezca
con tanta nitidez la existencia de una relación
recíproca entre mente y materia como en el caso
singular de las llamadas
"cardioneurosis".
Desde
los griegos hasta el siglo XVII se sostenía que
el corazón, aparte de su tarea reguladora de la
circulación sanguínea, era el asiento de los
afectos y las pasiones, el órgano de la
iracundia, del coraje y la ambición; se creía
además que el corazón alertaba al cuerpo sobre
peligros internos y externos. Paulatinamente, en
especial bajo la influencia del genio cartesiano,
la residencia de los afectos y las pasiones empezó
a ubicarse en el cerebro. Para Descartes, en el
corazón de verificaban mutaciones, condicionados
por el cerebro, una hipótesis que después
confirmaría la moderna psicofisiología. Así por
ejemplo, la demostración de que el miedo y la
angustia, la cólera y la alegría podían
provocarse por estímulos eléctricos en los
cerebros de los pollos y gatos, y aún en
porciones limitadas del cerebro humano expuesto en
las operaciones quirúrgicas estereotáxicas.
A
pesar de evidente relación entre este órgano y
ciertos fenómenos psíquicos, no ha podido
invalidarse la antigua concepción de que, entre
la afectividad y la actividad cardiocirculatoria,
existe una estrecha relación y que, según ella,
los procesos cerebrales implicados en la
comunicación de acontecimientos que influyen
sobre la psiquis pueden ejercer una influencia
real y efectiva sobre la actividad
cardiocirculatoria por intermedio del sistema
neurovegetativo. De esta manera, las funciones
cardíacas varían muy apreciablemente al
sobrevenir emociones como la alegría, el miedo,
el dolor o la ira.
Y
ha sido precisamente la medicina psicosomática
(especialmente el Laboratorio del Walter Reed Army
Institute of Research, de Washington) la que ha
verificado modificaciones cardiocirculatorias
durante reacciones psíquicas o a raíz de ellas.
A menudo esas alteraciones adoptan formas de
verdaderos accesos cardíacos, y entonces el médico
puede comprobar las modificaciones del pulso,
elevación transitoria de la presión y extrasístoles.
Las
estadísticas revelan que sólo una minoría de
quienes acuden al médico por anomalías cardíacas
sufre realmente de una cardiopatía orgánica. Los
síntomas son funcionales y consisten en
palpitaciones, dolores precordiales, sensación
opresiva al respirar, angustia, agitación
interior, vértigos, agotamiento, temblores,
sensación de frío y otros signos genéricos que
llegan hasta el acceso. Sin Embargo, el
electrocardiograma de tales pacientes no documenta
ninguna enfermedad del corazón, y se acepta
entonces, que el origen de esas alteraciones se
encuentra en influjos de índole psíquica. Los médicos
clínicos psicosomáticos han acuñado el término
"cardioneurosis", utilizado para indicar
trastornos cardioneuróticos en ausencia de toda
otra alteración orgánica.
Esa
comprobación es verdaderamente muy antigua; hace
realmente mucho tiempo que se acepta que
alteraciones cardíacas de origen netamente
nervioso tienen causas psicológicas, así como
también la de que muchos pacientes con
alteraciones cardíacas funcionales y ansiedad están
afectados por conflictos neuróticos, como la
depresión.
El
hallazgo más sorprendente para corroborar la recíproca
relación de mente y cuerpo es el que se refiere a
las influencias psicológicas en la etiología de
las coronariopatías, especialmente en infarto,
verificado a través de las pruebas sistemáticas
de Rosenman y Friedman, en San Francisco de
California: los autores comprobaron estadísticamente
su hipótesis de que las personas de carácter
ambicioso y agresivo manifiestan coronariopatías
más frecuentes que el resto de los humanos. Por
consecuencia, no sólo hay estrecha relación
entre las influencias psíquicas y las
alteraciones cardíacas, nerviosas o funcionales,
sino también una vinculación ostensiblemente
significativa entre los factores psíquicos y la
enfermedad cardiaca orgánica más temida, el
infarto.
De
todas estas consideraciones se infiere el enorme
campo de estudio que se abre a la especulación
investigativa de todas aquellas ciencias que
tienen que ver con el comportamiento humano, La
psicología, y su frontera más avanzada, la
parapsicología, no pueden estar ausentes de ese
propósito trascendental.
A
nivel de naciones, es cada vez más destacado el
papel que se le asigna a la parapsicología, habiéndosela
incorporado públicamente a los esquemas de
formación científica en universidades,
institutos y laboratorios estatales y privados del
mundo entero.
Llama
por eso la atención que, en la República
Argentina, se ha operado un retroceso respecto de
la situación imperante en décadas atrás. No
olvidemos que la parapsicología fue disciplina de
estudio en las universidades nacionales y que,
específicamente en la del Litoral, se dictó
desde 1961 a 1966 la cátedra de parapsicología
dentro del plan de estudios de la carrera de
psicología.
Y
si bien es cierto que la iniciativa privada cubre
los vacíos que abandonara detrás de ella la
instrucción oficial, sería menester de
devolverle al país su rango de pionero en el
desarrollo, formación, formación y
profesionalismo de los estudios de este campo tan
inmensamente pródigo en conquistas que, de un
modo espectacular, han ampliado la visión del
hombre contemporáneo y su inserción en el
esquema total del Universo.
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